Escritora, autora de cuatro novelas publicadas cuyos títulos son: LA GUINDA DEL PASTEL, UN FIN DE..., e HILOS DE MARIONETA, y VALENTINA COMPRA UN SUEÑO. Poetisa liberada.
martes, 18 de junio de 2013
UN SOLO DE SOLEDAD
El blog canal literatura ha publicado este texto mío en sus contenidos. Un blog que da oportunidades a escritores noveles y abre las puertas al público a lecturas inéditas, originales y puras sin ambages ni influencias, plenas de libertad creadora y creativa.
Contadme qué os parece mi texto: UN SÓLO DE SOLEDAD por Fátima Ricón Silva.
http://canal-literatura.com/blog/blog-literatura/un-solo-de-soledad-por-fatima-ricon-silva/
miércoles, 24 de abril de 2013
BUSCANDO A UNA MUSA DESESPERADAMENTE
BUSCANDO A UNA MUSA DESESPERADAMENTE.
Tengo la pluma apergaminada, seca, árida y magra porque no sé porqué no me sobran las palabras que antaño desbordaban la tinta, dejándola discurrir por los caminos, libremente a sus anchas. Y hoy, sin saber la razón camino vaga, errante con equipaje pero sin destino final, dando vueltas sobre mí misma como una perra que quiere alcanzarse el rabo.
Desorientada ando a la caza de las musas trabajadoras que antes me visitaban, las busco glotona, voraz, como una zampabollos que quiere hartarse con ellas. O tan siquiera una, aunque esté a medio gas o en situación de incapacidad laboral transitoria, aun así algo tendrá que aportar, ¿no?
Nadie, el paisaje está desierto, ni un brote de verde creatividad en el horizonte; ni una ola espumosa y espumante que me transporte a otra órbita; ni una montaña a la que ascender recogiendo sabias piedras; ni tan sólo un pareado que llevarme a la boca.
Desespero. Un vahído hueco me sobreviene repentinamente. La ansiedad me cosquillea en las yemas de los dedos. El teclado del ordenador siente el vacío de mis sutiles caricias. Los archivos no se llenan. Las telas de araña recubren mi talento ocultándolo bajo su cobijo.
Una mazmorra lúgubre y reducida me ha acogido en su espacio. La humedad impregna la ilusión de construir una historia y huele a hierro herrumbroso mezclado con azufre.
Y continuo buscando una musa o esperando que alguna de las que pululan en el firmamento me encuentre a mí. O una mirada que me cuente algún secreto o un beso que me inspire un romance. Busco, busco, desesperadamente.
lunes, 14 de enero de 2013
TREMENDO
SILENCIO
No me hables.
Tu plaga de palabras
me sublevan y me enervan.
TREMENDO SILENCIO
Tu plaga de palabras
me sublevan y me enervan.
TREMENDO SILENCIO
¡Silencio! Permite que hable el silencio,
cauto, quedo, lego, lúcido y tierno.
cauto, quedo, lego, lúcido y tierno.
Escuchemos el rumor de una mirada
que nos recorre de arriba a abajo,
escuchemos el aliento de un gemido
que nos traspasa alado y ligero,
escuchemos una orquesta muda
cuyas lentas estridencias
nos acunan en el sosiego.
Más tarde, cuando nos entendamos,
hablamos, cuando descubramos el color del silencio.
domingo, 30 de diciembre de 2012
Finalista de un certamen con el relato titulado La Puerta de emergencia
http://canal-literatura.com/9certamen/relatos-finalistas-de-la-votacion-general-del-publico-que-pasan-a-la-segunda-ronda/comment-page-1/#comment-7572
Finalista en el certamen de narrativa breve de Canal Literatura con el relato LA PUERTA DE EMERGENCIA. Estoy emocionada con ser finalista, nunca fui finalista en ningún certamen literario es tremendamente satisfactorio que se valore un trabajo propio. No es vanidad, es sinceridad sentimental. Me siento orgullosa y me da impulso para continuar. Tras un año extraño y duro, un tiempo de malas energías y una temporada difícil, llega esta pequeño triunfo, ser finalista lo es. ¡Qué gane el mejor! Suerte a mis competidores literarios.
domingo, 2 de diciembre de 2012
EL PINTOR AIRADO
Contempla el lienzo inmaculado,
aun no define una figura,
se enoja, no acude la musa,
no arriban los colores
que rellenan de ternura
la tela lisa, blanca y pura.
Aminora su cordura
y comienza la tempestad,
la mano se mueve con bravura,
no puede parar,
trazos, líneas, puntos, roces,
brillos cromáticos y resplandores,
transparencias luminosas,
pinceles rampantes
hacía la derecha, hacía la izquierda,
ahora arriba, después abajo,
zigzagueando por el trabajo,
primero claro y luego oscuro.
Regresa el vendaval con lluvia,
eléctrica, oscura y siniestra,
que cala intensamente
la mirada del artista,
que le impide ser egoísta.
Mechón caído en la frente,
ceño fruncido, indiferente,
poros sudorosos, manos calientes.
Pinta, piensa, piensa,
en el grosor de las pinceladas
en los colores, las mezclas,
en la danza de los dedos,
en la alegría de la mirada.
Le embriagan los olores,
la esencia de trementina,
los aceites y resinas,
la sinuosidad del lino
por dónde recorre el camino.
A asomarse comienza
el boceto diseñado
en su imaginación selecta,
en su sensibilidad interna,
fluyendo un orden figurado,
que va siendo recreado
en la tela blanca y pura
que ahora es clara hermosura.
Cada mente que lo observa
hace su íntima lectura.
Es libre el espectador sereno
de hacer su propia interpretación.
Ahora la obra es de otros
de los que la miran e imaginan.
Ajena a la sensibilidad del creador
que regala a
su suerte,
un trozo de su alma,
de su creatividad airada.
martes, 13 de noviembre de 2012
OJITOS
Me deslumbras eternamente
con la sonrisa de tus ojos,
siempre alegres y risueños,
a veces locos,
a veces cuerdos.
Ojitos de gato travieso,
almendras de ilusión
que aspiran con deseo
mi rostro de pasión.
Lunitas en un mapa,
que suenan a corazón,
a hierba de albahaca
a siempre reír amor.
Brillantes relojes que miden el tiempo
abiertos, cerrados,
pestañas al viento,
que me dicen que contigo cuento.
Diamantes azules, verdes, grises,
miscelánea de colores
arco iris de esperanza,
tesoro lleno de confianza.
Ojitos de gato travieso.
Dedicado a Encarna, que me regaña de vez en cuando porque no dedico tiempo al blog. Un abrazo muy caluroso y afectivo para ti. Fátima.
martes, 23 de octubre de 2012
LA PUERTA DE EMERGENCIA por Fátima Ricón Silva
LA PUERTA DE
EMERGENCIA
Un espléndido
sol decora la tarde, sin embargo, su brillo exultante no se corresponde con la
tibia calidez con la que debiera acariciar los rostros errantes. Una manta de
frío viento del norte mengua el poder abrasador del astro rey.
Estoy sentada frente al antiguo edificio de la biblioteca
municipal, un vetusto inmueble de ocho pisos de los años setenta con amplios
ventanales. Me hechizan sus ventanas, sobre todo las que se ubican en el último
piso que han despertado una fascinación especial en mí. Sus reflejos verdes
metálicos me han atrapado y no puedo apartar la mirada.
El contacto de mi cuerpo, cubierto tan sólo por una fina
gabardina, con la superficie helada del banco despierta el vello alojado tras
mi nuca que se eriza como la cola de un urogallo altanero. Me atuso el cuello
de la prenda abrigando mi desamparo. Estoy desnuda bajo mi viejo gabán beige.
Sí, desnuda.
Entre mis manos retoza un sobrecito de azúcar que encontré
en el fondo de uno de los bolsillos de la prenda que envuelve mis temores y mis
deseos. Lo hago rotar entre mis dedos, nerviosa, una y otra vez y, con
frecuencia, por enésima vez leo y releo la breve mención que está escrita en su
reverso: “La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla”.
El café al que endulzaba esta mentira lo degusté hace mucho
tiempo. Cuando leí esta cita ratifiqué
mi gran dilema, puesto que yo siempre quise comprender la vida, entender qué
hacía yo aquí, averiguar porqué detestaba el hecho de haberme obligado a nacer,
indagar la razón por la cual desde que me engendraron mi único objetivo, como
el del resto de los mortales, es dejar fluir el tiempo hasta que lleguemos a la
parada donde la muerte nos está aguardando. No deseaba vivir sin comprender,
tampoco quería comprender para vivir, quería comprende mi sin vivir.
Nací con mala hostia. Me crié huraña y solitaria.
Actualmente con veintiocho años y a punto de finiquitar mis estudios de
medicina, discerní que tenía que clausurar mi historia.
Siempre había cerrado las puertas que atravesaba, temía que
al dejarlas abiertas una cadena de recuerdos, experiencias y comportamientos
cosidos con los hilos de la existencia me zurcieran las ganas de comprender. Me
sobraban los lastres, perpetuamente anduve ligera de contenidos e hice lo que
me dijeron que tenía que hacer. Había mostrado al enjambre que pululaba en
torno a mi persona que si quería podía simular que vivía. Estudiaba, hacía
deporte y leía, fingía que me interesaba por los derroteros que acontecían en
el mundo y sus pobladores, cumplía los cánones impuestos por la sociedad y la
familia. Se me pegaron al pellejo, como un engrudo, las normas a respetar.
Mis relaciones sociales eran tan precarias y escuetas como
indeseables por mi parte.
Todos los que decían quererme se acomodaron a mi carácter
singular y a mi rígida forma de ser.
Ayer por la tarde me examiné del último examen de la
carrera, con unos rendimientos universitarios soberbios, como es habitual. Los
óptimos resultados académicos que esperaba obtener eran un legado para mis
padres: alumna cum laude en Ginecología y Obstreticia. Paradójicamente
frente a mi desidia ante la vida estudié la carrera de las bienvenidas a los
nuevos seres, de la apertura de futuros. Un capricho de mi mente retorcida y
desahuciada.
Y aquí sigo, con el trasero helado y manoseando el sobrecito
de azúcar. Mirando la fachada de la biblioteca.
Me decido por la ventana central del último piso, es las más
amplia, de doble hoja cuarteada por media docena de vidrios cada una. Parece
una cómoda y fiable puerta de emergencia.
Ahora me asaetean dudas, pero dudas superfluas y
descabelladas. ¿Por qué no me he puesto ropa interior? Quizá este gesto
excéntrico sea una extravagancia. Pero necesito esa desnudez que me reconduce
al origen, al principio de todo, al día de mi nacimiento.
Reparto las fuerzas por mis extremidades, y estrujando el
cinturón del gabán lo ciño hasta lo impensable en mi menuda cintura,
incorporándome y dirigiéndome a la puerta de entrada de la biblioteca.
No tomo el ascensor, subo andando hasta el último piso.
Quiero dilatar el momento, saborear los preliminares de la ceremonia para
recobrar mi voluntad. Llegada a la última planta observo tres puertas abiertas
que conducen a tres salas de lectura, penetro por la central y precisamente
enfrente descubro el ventanal que pretendo.
No hay nadie. Es muy temprano. Estaba premeditado, había
comprobado en numerosas ocasiones que a primera hora de la mañana se indigestan
los autores clásicos, los cuales forraban las paredes de aquella estancia
aposentados en docenas de anaqueles deformados por el peso.
Atravesé el espacio que distaba hasta la ventana y miré a
través de ella. Un exiguo conjunto de
personas caminaba por la acera, sin rumbo, con prisas, consumiendo el
tiempo para llegar al final.
Desanudé el cinto de mi gabardina y ésta se deslizó hasta
mis pies, acariciando mi despecho y el ansia de llegar a la meta, mi meta.
Abrí la ventana. El pasador estaba herrumbroso y se
encasquilló. Forcé el travesaño y con un sonido desafinado y un aroma ferroso
logré desaprisionarlo de la atrofia que lo paralizaba. Descubrí ante mis ojos
el paisaje de la excarcelación, el camino para la huida. Exploré escrutadora mi
puerta de emergencia vital.
Me encaramé al alfeizar y temblando de emoción me lancé al
vacío.
El regalo de la vida que nunca quise aceptar lo restituía.
Desnuda como vine, partía. ¿Egoísmo? ¿Cobardía? No. No simpatizaba con la
obligación de vivir sin querer vivir. Nunca padecí ningún tipo de trastorno
psíquico. ¿Acaso no es una forma honorable de evadirme de esta situación
dolorosa y lacerante? Es un procedimiento limpio de alejarme de una vida que ni
sé, ni quiero saber manejar. No buscaba dejar de sufrir puesto que no sufría y
provoqué mi propia muerte para llegar antes. Como salida de emergencia.
Me fui porque quería irme. Sin más. Sin existencias
depresivas ni tendencias suicidas.
No lo hice antes porque cuándo era niña pensaba que después
de estar muerta iba a despertar y seguir viviendo, que era como echarse una
siesta. Esperé. Aguardé hasta que arribé a una encrucijada de caminos e
ignoraba cual tomar.
Un golpe sordo me fracturó el pensamiento. Mi cuerpo
desmadejado se quedó cubriendo el empedrado del pavimento. Las personas se
arremolinaron a mi alrededor. Escuchaba retazos de conversaciones, pasos, prisas, primeros auxilios, nervios,
llamadas...... , atormentada intenté decirles que no se ocupasen ni se
preocupasen por mí. Que cesaran en sus intentos por hacerme sobrevivir. Mas no
podía hablar.
Esgrimí una sonrisa de triunfo. Presentía que sucumbía.
Dejé de escuchar. Me olvidé de mirar. Completé mi último
suspiro, transparente cual una despedida sedosa, regocijándome en la propia
maestría por acabar. Dejé mi sentir adormilado en una penumbra exquisita que me
envolvía y me sedaba.
Como una luciérnaga hembra me iluminaba para atraer la
muerte para que copulara con mi espíritu y me arrastrase a su lecho.
Se acabó esta calamidad tóxica que jamás codicié.
Encaminada.
Una fosforescencia cegadora me llegó desde un letargo
apático. Estaba muerta. Por fin.
Escuché voces y entre abrí los párpados levemente. Una
lámpara blanquecina me sacudió el ánimo. Una lágrima seca, de derrota, me
abrasó el aliento que todavía me quedaba.
Fracasé.
Ahora deberé aceptar la sentencia y continuar la senda
penosa de la vida y elegir alguno de los caminos.
La puerta de emergencia no tenía salida. Tampoco tenía
entrada era tan sólo una abertura cerrada, un paso ciego, una ratonera como la
vida misma.
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