martes, 23 de octubre de 2012

LA PUERTA DE EMERGENCIA por Fátima Ricón Silva


     LA PUERTA DE EMERGENCIA

       Un espléndido sol decora la tarde, sin embargo, su brillo exultante no se corresponde con la tibia calidez con la que debiera acariciar los rostros errantes. Una manta de frío viento del norte mengua el poder abrasador del astro rey.

Estoy sentada frente al antiguo edificio de la biblioteca municipal, un vetusto inmueble de ocho pisos de los años setenta con amplios ventanales. Me hechizan sus ventanas, sobre todo las que se ubican en el último piso que han despertado una fascinación especial en mí. Sus reflejos verdes metálicos me han atrapado y no puedo apartar la mirada.

El contacto de mi cuerpo, cubierto tan sólo por una fina gabardina, con la superficie helada del banco despierta el vello alojado tras mi nuca que se eriza como la cola de un urogallo altanero. Me atuso el cuello de la prenda abrigando mi desamparo. Estoy desnuda bajo mi viejo gabán beige. Sí, desnuda.
Entre mis manos retoza un sobrecito de azúcar que encontré en el fondo de uno de los bolsillos de la prenda que envuelve mis temores y mis deseos. Lo hago rotar entre mis dedos, nerviosa, una y otra vez y, con frecuencia, por enésima vez leo y releo la breve mención que está escrita en su reverso: “La vida no se ha hecho para comprenderla, sino para vivirla”.
El café al que endulzaba esta mentira lo degusté hace mucho tiempo. Cuando leí esta cita  ratifiqué mi gran dilema, puesto que yo siempre quise comprender la vida, entender qué hacía yo aquí, averiguar porqué detestaba el hecho de haberme obligado a nacer, indagar la razón por la cual desde que me engendraron mi único objetivo, como el del resto de los mortales, es dejar fluir el tiempo hasta que lleguemos a la parada donde la muerte nos está aguardando. No deseaba vivir sin comprender, tampoco quería comprender para vivir, quería comprende mi sin vivir.

Nací con mala hostia. Me crié huraña y solitaria. Actualmente con veintiocho años y a punto de finiquitar mis estudios de medicina, discerní que tenía que clausurar mi historia.
Siempre había cerrado las puertas que atravesaba, temía que al dejarlas abiertas una cadena de recuerdos, experiencias y comportamientos cosidos con los hilos de la existencia me zurcieran las ganas de comprender. Me sobraban los lastres, perpetuamente anduve ligera de contenidos e hice lo que me dijeron que tenía que hacer. Había mostrado al enjambre que pululaba en torno a mi persona que si quería podía simular que vivía. Estudiaba, hacía deporte y leía, fingía que me interesaba por los derroteros que acontecían en el mundo y sus pobladores, cumplía los cánones impuestos por la sociedad y la familia. Se me pegaron al pellejo, como un engrudo, las normas a respetar.
Mis relaciones sociales eran tan precarias y escuetas como indeseables por mi parte.
Todos los que decían quererme se acomodaron a mi carácter singular y a mi rígida forma de ser.
Ayer por la tarde me examiné del último examen de la carrera, con unos rendimientos universitarios soberbios, como es habitual. Los óptimos resultados académicos que esperaba obtener eran un legado para mis padres: alumna cum laude en Ginecología y Obstreticia. Paradójicamente frente a mi desidia ante la vida estudié la carrera de las bienvenidas a los nuevos seres, de la apertura de futuros. Un capricho de mi mente retorcida y desahuciada.

Y aquí sigo, con el trasero helado y manoseando el sobrecito de azúcar. Mirando la fachada de la biblioteca.
Me decido por la ventana central del último piso, es las más amplia, de doble hoja cuarteada por media docena de vidrios cada una. Parece una cómoda y fiable puerta de emergencia.
Ahora me asaetean dudas, pero dudas superfluas y descabelladas. ¿Por qué no me he puesto ropa interior? Quizá este gesto excéntrico sea una extravagancia. Pero necesito esa desnudez que me reconduce al origen, al principio de todo, al día de mi nacimiento.
Reparto las fuerzas por mis extremidades, y estrujando el cinturón del gabán lo ciño hasta lo impensable en mi menuda cintura, incorporándome y dirigiéndome a la puerta de entrada de la biblioteca.
No tomo el ascensor, subo andando hasta el último piso. Quiero dilatar el momento, saborear los preliminares de la ceremonia para recobrar mi voluntad. Llegada a la última planta observo tres puertas abiertas que conducen a tres salas de lectura, penetro por la central y precisamente enfrente descubro el ventanal que pretendo.
No hay nadie. Es muy temprano. Estaba premeditado, había comprobado en numerosas ocasiones que a primera hora de la mañana se indigestan los autores clásicos, los cuales forraban las paredes de aquella estancia aposentados en docenas de anaqueles deformados por el peso.
Atravesé el espacio que distaba hasta la ventana y miré a través de ella. Un exiguo conjunto de  personas caminaba por la acera, sin rumbo, con prisas, consumiendo el tiempo para llegar al final.
Desanudé el cinto de mi gabardina y ésta se deslizó hasta mis pies, acariciando mi despecho y el ansia de llegar a la meta, mi meta.
Abrí la ventana. El pasador estaba herrumbroso y se encasquilló. Forcé el travesaño y con un sonido desafinado y un aroma ferroso logré desaprisionarlo de la atrofia que lo paralizaba. Descubrí ante mis ojos el paisaje de la excarcelación, el camino para la huida. Exploré escrutadora mi puerta de emergencia vital.
Me encaramé al alfeizar y temblando de emoción me lancé al vacío.

El regalo de la vida que nunca quise aceptar lo restituía. Desnuda como vine, partía. ¿Egoísmo? ¿Cobardía? No. No simpatizaba con la obligación de vivir sin querer vivir. Nunca padecí ningún tipo de trastorno psíquico. ¿Acaso no es una forma honorable de evadirme de esta situación dolorosa y lacerante? Es un procedimiento limpio de alejarme de una vida que ni sé, ni quiero saber manejar. No buscaba dejar de sufrir puesto que no sufría y provoqué mi propia muerte para llegar antes. Como salida de emergencia.
Me fui porque quería irme. Sin más. Sin existencias depresivas ni tendencias suicidas.
No lo hice antes porque cuándo era niña pensaba que después de estar muerta iba a despertar y seguir viviendo, que era como echarse una siesta. Esperé. Aguardé hasta que arribé a una encrucijada de caminos e ignoraba cual tomar.

Un golpe sordo me fracturó el pensamiento. Mi cuerpo desmadejado se quedó cubriendo el empedrado del pavimento. Las personas se arremolinaron a mi alrededor. Escuchaba retazos de conversaciones, pasos,  prisas, primeros auxilios, nervios, llamadas...... , atormentada intenté decirles que no se ocupasen ni se preocupasen por mí. Que cesaran en sus intentos por hacerme sobrevivir. Mas no podía hablar.
Esgrimí una sonrisa de triunfo. Presentía que sucumbía.
Dejé de escuchar. Me olvidé de mirar. Completé mi último suspiro, transparente cual una despedida sedosa, regocijándome en la propia maestría por acabar. Dejé mi sentir adormilado en una penumbra exquisita que me envolvía y me sedaba.
Como una luciérnaga hembra me iluminaba para atraer la muerte para que copulara con mi espíritu y me arrastrase a su lecho.
Se acabó esta calamidad tóxica que jamás codicié.

Encaminada.

Una fosforescencia cegadora me llegó desde un letargo apático. Estaba muerta. Por fin.
Escuché voces y entre abrí los párpados levemente. Una lámpara blanquecina me sacudió el ánimo. Una lágrima seca, de derrota, me abrasó el aliento que todavía me quedaba.

Fracasé.

Ahora deberé aceptar la sentencia y continuar la senda penosa de la vida y elegir alguno de los caminos.

La puerta de emergencia no tenía salida. Tampoco tenía entrada era tan sólo una abertura cerrada, un paso ciego, una ratonera como la vida misma.





jueves, 20 de septiembre de 2012

EL VIAJE A ALGUNA PARTE

Una buena amiga, un compañero de trabajo, un familiar, tú, yo. Todos hemos perdido a alguien importante, querido y crucial en nuestra vida. Una parte de nuestro ser se va quedando mermado con las ausencias de nuestros baluartes sentimentales.
Siempre pensé, sin embargo, que la mayoría de nosotros nos regeneramos en cierta medida. Es como la piel erosionada en una caída que lentamente va rehaciéndose y parece que queda como la original, mas no, no es como la antigua dermis, ésta es nueva, joven y sin las huellas de la precedente. Así nos ocurre con las desapariciones de los que amamos, vamos reviviendo su ausencia, parece que volvemos a ser los mismos, mas no, somos distintos, hemos cambiado. Nos vamos cubriendo de sedimentos sentimentales que nos ayudan a sobrevivir, de aspiraciones, metas, rellenamos los huecos con otros amores, otras amistades, otras sensibilidades, pero el vacío de los que se fueron permanece.
Somos camaleones que nos auto defendemos de la muerte ajena con artimañas y tretas necesarias e imprescindibles para no fenecer.
Cést la vie.

domingo, 19 de agosto de 2012

IMÁGENES DE VIETNAM.

Una pequeña selección de nuestras vacaciones en Vietnam y Camboya.
Bonito marco.


Remando con los pies en el poblado de Van Lam.

Pañuelos hechos en telares manuales.

La tienda del barrio.

Arrozales

Sorpresas hermosas.

Aquí debajo hay una bicicleta.

Engalanada el día del mercado semanal.

¿Alguien gusta? Vísceras hervidas.

Sopa de pollo con fideos de arroz.

¡Ummmmm qué rico!

Peluquería ambulante, la moto sirve para apoyar el espejo.

Valle de arrozales.

Gusanos frescos para consumir, ¿deliciosos?

Pescado vivo, ponían unas mangueras alimentadas con un generador que les proporcionaba oxígeno para mantener vivos a los peces. Una pasada tecnológica.

Carnicería, la trazabilidad, las normas higiénico sanitarias, la temperatura, etc.....,  inexistentes.


Mujeres de Sapa.


miércoles, 15 de agosto de 2012

La niña de Sapa

La niña de ojos vivarachos y a la derecha Sham.

Sapa, Vietnam. Agosto 2012.
Cualquier ocasión, lugar o situación me puede proporcionar una lección simple pero necesaria.
Muchas veces he pensado y dado por hecho que puedo hablar en mi idioma delante de otras personas, que sé de ante mano, que no entienden absolutamente nada de la lengua en la cual me estoy expresando. Grave error por mi parte y un descuido mayor si se trata de un niño el que escucha mis palabras.
Este verano, en Sapa (Vietnam), he vivido una situación que me rompió el alma, provocada por una negligencia inconsciente mía.
En la aldea Ta Van, entre arrozales y un calor húmedo aplastante, decidimos tomar un refresco durante un largo paseo por la zona. A la entrada del lugar, una palapa con techado de palmas, desprovista de paredes por las que discurría un ligero frescor se encontraban un enjambre de pequeñas niñas ansiosas de vender sus brazaletes de hilo y alguna que otra chuchería más. Las niñas insistían, perseverantes y machaconas, para que le efectuásemos una compra. El guía que nos acompañaba nos recomendó no comprar nada porque en caso contrario no nos dejarían tranquilos durante nuestro discreto reposo refrescante; mejor hacerlo al marcharnos.
Elegimos unos refrescos de lata recogidos en una rudimentaria y pequeña cámara frigorífica.
Decidimos sentarnos en unas bancadas de madera que además nos ofrecía unas vistas espléndidas al valle cubierto de arrozales y al río que serpenteaba justo a nuestros pies.
En todo momento media docena de niñas pegados a nuestros talones nos suplicaban que les comprásemos algo:

      "-please miss, one brazalet, please...."

Y continuamente la misma cantinela.
De entre todas las niñas había una con los ojos muy vivos y brillantes que me miraba fijamente a los ojos cuando me ofrecía su mercancía. Abrí mi bolso y sacando una docena de caramelos comencé a repartirlos diciéndoles:

      -"No dolars, no dolars..."

Tras entregarles los dulces, conversé con mi marido lo graciosa que era la niña de los ojos vivarachos. Le saqué unas fotos y alabamos, entre nosotros, la expresión tan bonita de su cara. Todo ello en español. A su lado tanto a la derecha como  a la izquierda se encontraban otras muchachas reclamando su presencia, a las cuales no les prestamos apenas atención. Volviendo a insistir que no teníamos dinero optaron por marcharse en busca de probables compradores.

Aprovechamos para deleitarnos con el bello paisaje que se presentaba ante nuestras miradas y al poco tiempo de disfrutar del extraordinario panorama la pequeña de los ojos vivos se acercó a mí por detrás, mostrándome por enésima vez las dichosas pulseras.
Ya no aguanté más, pese al riesgo de que una docena de mujercitas vendedoras se me echaran encima apremiando para que a ellas también les comprara algo.
Hecha la venta, la muchachita se despidió con una sonrisa, ante la mirada reprobatoria que me dirigió el guía.
Afortunadamente no nos interrumpieron más y pudimos tomar con tranquilidad los refrescos y gozar del lugar.

Tras un cuarto de hora de relajación acordamos proseguir el camino.
Nada más poner un pie en la pista pedregosa, una niña en la que no había reparado hasta entonces, se pegó a mis piernas con la cantinela  obstinada para que le comprase pulseras. Le quise hacer entender que ya había adquirido unas y no pensaba comprar más. Ella insistía e insistía y no había manera de que cejara en su empeño. Caminó medio kilómetro con nosotros sin parar de hablar con tono lastimoso, el guía le pidió que se marchara pero ella no claudicaba.
Decidí darle unos caramelos aventurando que quizá así se conformase y se fuese. No los aceptó y persistió caminando a mi lado. Parecía dolida, concretamente conmigo. Mi marido resolvió darle una pequeña cantidad de dinero para intentar que se diera por satisfecha y regresara con su gente. Nos estábamos alejando del lugar de partida. Tampoco aceptó el dinero. Extrañados por su reacción seguíamos caminando sin saber qué hacer.
Hung, el guía, intentó conversar con ella pero no entendía el dialecto en el que se expresaba, y para acabar con la situación se animó a comprarle las dichosas pulseras. La pequeña igualmente se negó.
No comprendíamos nada. Era chocante su resistencia y rebeldía. ¿Qué quería la pequeña?
De repente, ante nuestras caras de extrañeza y fastidio, comenzó a llorar.
No sabíamos cómo actuar, me agaché y la miré a los ojos. Su cara seria y rota por el llanto me impactó. Unos ojos escrutadores y férreos me enjuiciaban bajo aquel rostro infantil.
El corazón se me heló.
Una imagen recién vivida me vino a la mente, la niña que se hallaba a la derecha de la otra que me había cautivado, de la que alabé su gracia y salero amparándome en su desconocimiento de mi idioma, era ésta que ahora me recriminaba mi desatención para con ella.
Se me ocurrió regalarle algo particular y rauda desocupé una pequeña cartera que siempre llevo en el bolso llena de aspirinas y algunos útiles personales, una cartera de lentejuelas de varios colores que brillaba bajo el tórrido sol de Sapa. Se la entregué con ternura. La pequeña la miró y la cogió en sus manos como si le diera un trozo de mí misma. Le acaricié ligeramente el brazo y cesó su llanto y, ahora sí aceptó los dulces, la propina y la compra de más brazaletes, tras recibir mi dosis de afecto.
Aprendida la lección. El lenguaje de los gestos, el semblante de la cara, la sonrisa, el tono de voz.....etc., es universal. La pequeña Sham quería cariño, mi cariño y ella entendió, simbólicamente, que a través de la entrega de algo personal se lo daba.
Lo siento Sham, disculpa mi torpeza y gracias.



domingo, 15 de julio de 2012

FONDO DE ARMARIO

      Soy Marina una estilista de moda que me ocupo y preocupo porque las personas ajusten las corrientes de las pasarelas a su propia personalidad.
Me atiborro de pasearme por las mejores tiendas de Madrid con mis client@s, dibujando modelos y aconsejando colores para que se sientan bien y al mismo tiempo no parezcan payas@s en plena actuación.
L@s más complicad@s, es decir l@s que se empeñan en ponerse todo lo que ven en los escaparates de las tiendas, son las personas que intento que se aprovisionen de un buen fondo de armario para que lo combinen con las últimas tendencias, las extravagantes que no las del buen gusto, de modo que no se dejen caer en las  estridencias dañinas que ofenden al que les mira.

Reflexionando acerca de mi vida sentimental qué es un auténtico fracaso, y haciendo paralelismos con mi profesión, pienso cómo me gustaría el hombre ideal. Precisamente no quiero que me sirva de fondo de armario, es decir que sea duradero, clásico y tradicional;  no lo preciso combinable con cualquier otra  prenda, no necesito que me aguante varias temporadas y utilizarlo como comodín.
Yo quiero un canalla de la última temporada, de usar y tirar, que me altere la adrenalina y otras cosas tan sólo con avistarlo por la calle. Un estilo moderno, actual, fresco, diseñado por la naturaleza de modo esmerado.
Quiero cambiar cada temporada. Un tío nuevo para cada ocasión: para el cóctel que sea elegante y atento, para el trabajo funcional y práctico, para una noche de gala, galante y cariñoso, para ir a las carreras de caballos un gentleman mundano y caballeroso, para ir de compras cómodo y generoso, para un funeral sensible y delicado, para las vacaciones divertido y amoroso..... . Esto se puede conjugar en una sola persona o no.
En definitiva, un hombre que no tenga lugar en mi armario tras rebuscar entre las prendas básicas que descansan en las baldas después de años de uso.
Fuera fondos de armario en cuestión de varones.

Fdo.
         Una loca de la moda masculina.



viernes, 13 de julio de 2012

MISCELANEA por Fátima Ricón Silva

Extiendo mis versos,
deseo abrazarte,
una corriente de poesía
me recorre el vientre.
No estás pero dejaste tu rima
y me llenas.
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Una cacería de versos,
un grupo de poemas
corriendo por la pradera,
huyendo de un mentira.
La jauría de sílabas se amontonan en una esquina,
y aúllan rimando versos,
cantando, soñando rimas.
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Dos semillas de paciencia,
una pizca de pericia,
tres dosis de creatividad,
una medida de deseo,
muchas ganas y…..
te doy un verso.
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Quedamos, cuando cese el viento,
en el muro de la esperanza
y escribimos en sus alentadoras piedras
un deseo, un mensaje, una aspiración.
Nos vemos.
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Para sorpresa de todos hoy no ha comprando una barra de pan.
Para sorpresa de todos hoy ha estado ausente.
Para sorpresa mía, me he sorprendido por su ausencia.
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Sabio martillo el del herrero que golpea en el punto justo,
dulce el azúcar que endulza el contorno de unos labios,
libres las letras que son escritas desde el corazón,
suaves los versos que acarician un sentimiento,
potente el taconeo que choca de bruces con el suelo
y baila, y hace bailar, y brilla y hace brillar.
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Leer, lentamente, como el agua y las manos que
suavemente acarician la pastilla de jabón, 
consumiéndola entre arrumacos y roces, 
entre halagos y carantoñas.
Y acabo el párrafo, la historia, el verso
y se queda el aroma de las letras en la memoria de los recuerdos,
para siempre.


viernes, 6 de julio de 2012

AL DESNUDO por Fátima Ricón Silva




AL DESNUDO

No poseo nada, tan sólo unas letras adheridas a las suelas de mis botas,
y en cada pisada queda grabada una huella que contiene un poema,
y en cada poema dejo un poco de mi persona
que se cuela a través de los agujeros de mi corazón.

No soy nadie, tan solo una escritora de ilusiones personales
y en cada escrito plasmo aventuras íntimas o extrañas,
y en cada sueño me recreo a mi libre albedrío,
libertad que echo al vuelo para que se pierda entre nubes de colores.

Sin tener nada, sin ser nadie,
siento,
henchida de emociones, sentimientos, sensaciones
hasta la extenuación, hasta llorar de felicidad o desdicha,
llorar y llover en mi interior,
agotada de tanto sentir pero no afligida ni consumida,
emocionalmente congestionada,
saturación que se desborda y encauzo en el río de la escritura,
que recorre mi mapamundi individual.